Los nemesios (el encuentro de un hombre consigo mismo)

  Nemesio Gascón estaba sentado en el living sin pensar en nada cuando se levantó y caminó unos pasos hasta la puerta-ventana que daba al jardín. En ese momento trataba de abrirla cuando de repente se encontró con si mismo mirando fijo hacia adentro desde del lado de afuera.

  Y al otro Nemesio le pasó algo parecido, porque recordaba haber atravesado el patio y caminado hasta la puerta-ventana del living cuando se advirtió a sí mismo tratando de abrirla pero del lado de adentro.

  Cualquiera consideraría  los instantes previos a aquel episodio como el verdadero momento en que Nemesio se duplicara, porque hasta antes de encontrarse los dos en la puerta-ventana eran uno solo según recordaban. Y porque previo al suceso ninguno de los dos percibió nada raro.

  Se miraron inmóviles con la boca abierta y el pestillo en la mano. No pronunciaron ni una sola palabra. Seguramente los dos captaron lo improbable de la situación pasados ya unos segundos, recién cuando comprobaron fehacientemente, aún desde prudente distancia y con el vidrio entre me-dio, que en realidad eran réplicas exactas el uno del otro. Eran mas, muchísimo mas iguales que gemelos idénticos, mas que clones, fantasmas o meros reflejos. Eran la misma persona.

 

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Amanecer en el campo: Tierra (parte dos)

       Llegados al tramo de texto compatible con lo que vendría a ser la línea del horizonte, diremos de el que es un tanto irregular y sinuoso, que tenemos árboles dispersos en todo el sector pero sobre todo que hay algo que se destaca a la derecha de la frase presente: un lejano monte de ombúes.  Hacia allí nos dirigimos mientras nos adentramos en una frase muy visual en donde predomina el verde: un esperanzado vistazo hacia el camino, un trillo en el pasto que se pierde a la lo lejos y un cuadro cercado por árboles y plantaciones lejanas que se reparten ambiguamente por todo lo ancho…

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Amanecer en el campo: Cielo (parte uno)

Esta primera oración, solo por el hecho de ser la primera, se ubica arriba en el texto y por eso está destinada a que usted se imagine un pedazo de cielo: la parte superior de cualquier amanecer en el campo que se precie de tal. Diremos que aquí en lo alto, en esta parte literalmente elevada del argumento, el cielo es de un negro casi violeta, pero vamos a acordar con usted en que este cielo irá iluminándose lentamente, en un degradado de tonos más o menos rojizos, casi imperceptiblemente y letra por letra, a medida que vayamos descendiendo por entre las líneas que componen este amanecer en el campo…

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Govinda, la fotocopiadora y el atman

  Ahora, luego de diez horas diarias a través de los años, Govinda puede fotocopiar cualquier cosa mientras su mente permanece en actitud contemplativa.

  El proceso es simple y consta de cuatro etapas. Primero inspirar: levantar la tapa, colocar la hoja A4 y oprimir el botón. Segundo, retener el aire mientras el proceso se realiza. Tercero exhalar: La nueva copia se presenta. Cuarto: en un gesto agradecer el milagro y luego, cuando ya no queda aire en los pulmones o papel en la entrada, cuando máquina y hombre han quedado vacíos, entonces y solo entonces se habrá cumplido el propósito.

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Don Juan

   Es un hecho que la miseria es triste y que la pobreza es mala. Sin embargo, me aburría de antemano al pensar las siguientes líneas en la fácil consternación emotiva que podría desprenderse cuando, como en este caso, se describe a un viejo solitario y loco que dormía entre bolsas en un parque céntrico de Montevideo.

   Por eso dudé en escribirlas. Por eso, antes de que el texto se impregne unilateralmente de esa lástima sensiblera, una lástima tentadora acaso pero que no está en mis ganas incorporarle, he decidido aclararlo: no tengo otra motivación más que la de retratar a aquel personaje recurrente y misterioso de mi niñez al que los vecinos llamaban “don Juan”

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La lógica de las puertas: crónica de una tocada de timbre

   Mis tímidos y brillantes zapatos de cuero legítimo de cocodrilo avanzan con cuidado entre el barro y la mugre para no hacer ruido entre las viviendas. A esta hora los vecinos duermen. Y pienso en volver al seguro confort que me espera en mi cama pero no lo hago. En este momento seguramente también me pregunto qué carajo estoy haciendo acá, pero no me respondo.  Nunca me respondo cuando me hago preguntas. Sigo caminando. En el pasillo exterior del complejo habitacional las luces están apagadas. Camino en silencio eludiendo los charcos, buscando la casa y tratando de ver los números a la luz de la luna.

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El cubo que flotaba frente a nosotros

  Aquel era un cubo perfecto, completamente blanco, luminoso y de unos veinte metros, que en ese momento flotaba frente a nosotros estando en la cima del cerro Arequita.

   Preveíamos que en algún momento el objeto debería hacer algo, y con toda lógica pensábamos que no iba a quedarse allí para siempre. Juzgábamos que aquella pálida construcción geométrica que se sostenía en el aire, a dos metros del suelo e iluminándolo todo ante nuestros ojos, debía tener la capacidad de desaparecer tan repentinamente como había llegado. Por eso esperábamos. Secretamente teníamos la esperanza (sin perjuicio de un miedo cerval) de que quizás emergiera algo de aquella cosa, o alguien; estábamos seguros de que aquello no podría permanecer allí para siempre, en algún momento comenzaría a moverse o se iría. Ninguno de nosotros se animaba marcharse. 

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Día ocho: recuerdos de la infancia

   Hoy, revolviendo textos y videos viejos, y en función de un disfraz que me regalaron, recordé mi niñez.  Recuerdo que de niño siempre quise ser Spiderman y soñaba día y noche tener el disfraz de hombre araña.  Y solo luego de insistir a mis padres durante varios años me regalaron finalmente el traje de Batman, nunca el de Spiderman. A mis padres, claro, seguramente les daba igual, pero a mis ojos de niño jamás fue lo mismo.

   Yo quería ser Spiderman. Me sentía ridículo con ese disfraz de Batman. No solo porque el hombre araña era mucho mejor, sino por las orejitas aquellas: jamás supe cómo hacer para que apuntaran las dos orejas para el mismo lado.

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El flan con dulce de leche es de las cosas que uno mas ama al morir

Flan con dulce de leche:

   Te he admirado en tu eterno sitio de aquella vieja vitrina pseudo -refrigerada desde que recuerdo que soy el fantasma del bar Andorra, en la calle Yaguarón.

   Con las décadas llegué a desearte incluso más que a un eventual retorno imaginario a la vida querido flan. Te amé sin condiciones ni medidas. Hubiera querido ser uno en íntima comunión contigo hasta el fin de nuestra existencia, y no dudes que me entregué por completo para conseguirlo. Sin embargo no fue posible.

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Día siete: Balbuceos recursivos previos a la historia de Marta

  Sin ideas. Siendo lunes al mediodía, sentado frente al monitor en blanco, enfrentado a lo que vendría ser la entrada del día siete y luego de doce minutos, creo que es conveniente que de todas maneras empiece a escribir. Es por eso que acabo de hacerlo.

  Supongo que podría escribir acerca de aquella Marta que comencé a desarrollar el día seis. Es un afán de continuidad. O no se me ha ocurrido otra cosa. De todos modos llamarlo "Balbuceos recursivos previos a la historia de Marta" me parece muy bien. 

  Se trata de desarrollar recursivamente una historia escribiendo para luego escribirla.

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El deseo de Julio Cesar

  El deseo de Julio Cesar, que de ese modo se llama este perro, no es otro que el de liberar la tensión sexual acumulada durante tres largos años de vida.

  Es que Julio Cesar ha tenido una vida difícil. Quizás la vida no ha sido tan mala para un cusquito sin raza desde la perspectiva humana pero si desde la suya propia en la que, encerrado en el mismo pequeño patio durante dos décadas perro, ha tenido que lidiar con collares, cadenas, baños, peluquerías, chalecos, productos anti pulgas y hasta con un entrenador una vez.

  Pero lo peor ha sido tener que reprimir sus instintos más básicos. Los amos, a fuerza de golpes han dejado bien claro que Julio Cesar no puede, bajo ningún concepto, demostrar ser una criatura sexual. 

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La bufanda

Sin otro motivo que la presencia reciente del regalito, una bufanda moderna, de moda y de marca, del tipo que usan hoy todos los imbéciles que son quince años menores que yo, Casilda seguía estando ahí. Las dos tetas permanecían clavadas en la pensión cuando me quedaban dos semanas, porque fue lo que habíamos dicho, para que me mudara con ellas al apartamento de mierda. Ahora Casilda, la fértil y aburrida muchacha que embaracé en una noche, siempre tan obstáculo de mis ganas de cualquier otra cosa menos de eso mismo, de que estuviera y de que yo por lo tanto tuviera que estar así, soportando por algún motivo la mueca obligada y el regalo de porquería, aguantando otra vez y fuera de horario el edificio de la comunicación convenido y aceptable, recurriendo otra vez al olvido analgésico de conversaciones reales, intercambios en situación de igualdad que por nada del mundo seríamos capaces de tener nunca, comprometido más que nada con su embarazo, o el mío, con su barriga y con el miedo a pagar consecuencias.

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