Día trece: Prólogo utilitario del narrador muerto

 Hoy voy a escribir un prólogo. Y pretendo utilizar este prólogo Horacio para establecer que estoy muerto ahora mismo. Que he fallecido. Que perecí. Que soy un difunto y que quizás mi cadáver se descompone en algún lugar del planeta mientras usted lee.

   Pues bien entonces Horacio: estoy muerto ahora mismo.

   La función de este prólogo, además, es la de ser incorporado delante de cualquier futura publicación de mis textos luego de mi muerte.

   Sucede que me resisto a la idea de que si soy publicado, ahora que ya estoy muerto y en lo venidero, algún inepto aburra el inicio de cualquiera de mis sobresalientes textos precediéndolos de uno de esos feos, inútiles y extensísimos prólogos. Entonces, por si acaso, para evitar la parrafada incomprensible de un inepto desconocido, he decidido proporcionarla yo mismo.

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Día doce: Método orientado a contrarrestar refranes y proverbios en la vida diaria.

Antes de introducirlo a usted Horacio, a nuestro método orientado a contrarrestar refranes y proverbios en la vida diaria. debería usted saber que no son estos una cosa menor. Estas bobadas han sido repetidas maquinalmente durante cientos de años por millones de incautos causando muchísimo daño. A modo de introducción veamos lo que escribí  yo al respecto:

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Día once: Crónica de una tocada de timbre

   Mis tímidos y brillantes zapatos de cuero legítimo de cocodrilo avanzan con cuidado entre el barro y la mugre para no hacer ruido entre las viviendas. A esta hora los vecinos duermen. Y pienso en volver al seguro confort que me espera en mi cama pero no lo hago. En este momento seguramente también me pregunto qué carajo estoy haciendo acá, pero no me respondo.  Nunca me respondo cuando me hago preguntas Horacio. Sigo caminando. En el pasillo exterior del complejo habitacional las luces están apagadas. Camino en silencio eludiendo los charcos, buscando la casa y tratando de ver los números a la luz de la luna.

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Día diez: Heroísmo

 Buenas noches Horacio.

Escribo para contarle que de niño siempre quise ser Spiderman. Que soñaba día y noche con tener el disfraz de hombre araña y emular su heroísmo (me refiero a spiderman y no a usted) Esperaba ganarme la aprobación y el respeto de las viejas del barrio supongo. Y solo luego de insistir a mis padres durante dos o tres años me regalaron finalmente el traje de Batman. A mis padres, claro, seguramente les daba igual, pero a mis ojos de niño jamás fue lo mismo.

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